
Debemos agradecer el que, navegando sobre el océano de las cábalas habituales, los encargados de la
editorial Xerais supieran ver y apreciar, con ocho años de antelación, la belleza singular y las complejas arquitecturas literarias de
Herta Müller, flamante galardonada del Premio Nóbel de Literatura 2009.
La escritora rumana en lengua alemana, “
que con la concentración de la poesía y la franqueza de la prosa, representa el paisaje de los desposeídos”, ha provocado sorpresa y no poca polémica (sobre todo en los Estados Unidos, donde llevan tiempo quejándose de los desaires de la academia hacia sus grandes escritores posmodernos); y sin embargo, a pesar de ser poco conocida fuera de Alemania,
Müller es una autora de obligado reconocimiento ético y estético, una infatigable luchadora con la pluma y la palabra por los derechos de la minoría alemana del Banato y contra la sordidez invasora y malevolente del régimen de Ceaucescu, grotescamente felicitado por Dalí tras la introducción de cetro presidencial.
Son, pues, las coordenadas para entender
‘O home é un grande faisán’ las que median entre la denuncia totalitaria y el reflejo de la vida cotidiana de uno de los pueblos alemanes que crecieron en las cercanías del Danubio. Un pueblo cuyos moradores, desde la primera a la última página, viven bajo el signo de la huida, encarnada en el pasaporte que les permitirá emigrar a Alemania Occidental y consumar la ruptura con un pasado centenario que empieza a volverse espectral para sus moradores. Las geografías y habitantes de la aldea innominada (igual que la mayoría de los personajes, que sólo aparecen mencionados por sus oficios o, en el caso femenino, por ser esposas de…) van tejiendo un tapiz lírico y nostálgico sobre un mundo que se va, un extraño paisaje donde se mezclan a partes iguales los mitos, las personas y las creencias populares. Por el medio, como quien no quiere la cosa, surca la filigrana narrativa de los complejos papeleos, sobornos y operaciones por las que el molinero Wimbish intenta garantizar el ansiado pasaporte y la consiguiente huída de su familia.
Es importante que destaquemos la ambivalencia de la mirada: diríamos que la increíble belleza lírica del lenguaje, articulado en pequeños capítulos de tres a cuatro páginas, y que recuerda la labor delicada y atenta de los miniaturistas persas del medioevo, no lleva nunca a la idealización del mundo aldeano como un locus amoenus o pasado feliz y tradicional visto a través de lentes rosadas. Al contrario: la realidad que se nos presenta incluye numerosos y constantes avisos a las miserias demasiado humanas de la pobreza, del régimen dictatorial y sus pequeños dictadorzuelos locales, del machismo y de la tiranía patriarcal en la que resulta habitual el maltrato a las mujeres o su instrumentalización como moneda de cambio sexual para la obtención de favores y privilegios. Las disonancias fluyen en un río de difícil mezcolanza, y toca al lector la difícil alquimia que media entre una y otra mitad. Y sin embargo, la belleza se filtra a pesar de los diques de la espera y del sufrimiento, y se hermana con un componente ligeramente espolvoreado de lo sobrenatural cuando el imaginario popular y supersticioso de mitos populares y atavismos invade la narración del mundo cotidiano.
Para Müller, la mitología, la superstición o lo arcaico son también poesía. La superstición es la poesía de las gentes sencillas y posee también algo de fascinante. De ahí que encaje fácilmente en su literatura. La literatura no es lo único poético. La vida que destilan las páginas del ‘faisán’ también lo es.
En un pueblo fantasmal en el que las casas van quedando vacías de muebles y personas, dejando sombras oscuras donde anidaron los relojes de cuco; donde los vigilantes nocturnos sueñan con sus mujeres metamorfoseadas en sapos, y las hijas que trabajan en la ciudad coleccionan pequeñas chucherías de vidrio, también crecen extraños manzanos que se comen sus propias manzanas. “Dos horas después de la medianoche el manzano comenzó a temblar. Arriba, donde se bifurcaban las ramas, se abrió una boca. La boca se puso a devorar manzanas”. Aves tenebrosas se aposentan sobre los tejados de las viejas moribundas, aunque visiten también al los jóvenes y a la casa del carpintero, cuyo hijo se suicida para evitar el servicio militar y la separación permanente de la amada. En la entrada del pueblo se alza un monumento a victorias pasadas que yace sepultado entre las rosas y que sirve al molinero Wimbish para contar llevar cuenta de los años, los trabajos y los días en medio de la espera y del marasmo.
Al premiar a
Herta Müller, la academia sueca continúa una valiente defensa (en la línea de los nóbeles poscoloniales como Soyinka o Walcott) de lo liminal y lo mezclado. Entre Rumanía y Alemania, Müller confiesa su doble pertenencia desde el título de este volumen, que remite a un dicho popular rumano indicativo del fracaso y a dos visiones que patrocinan dos lenguas (“en rumano el faisán es un perdedor, mientras en alemán es un arrogante fanfarrón”). En un mundo de crecientes enfrentamientos culturales y lingüísticos, ella nos abre la llave maestra hacia el necesario reconocimiento de nuestras identidades múltiples, todas hijas de un mismo y proteico padre.
Fuente: abc.es